Fin.
Mike Durand 25/12/2009
Este es mi espacio para la imaginación, Tierno momento de Mike Durand, encontraras cuentos cortos, poemas, cacnciones, Escritos cortos.
"Te amo"
Vuelvo a sonreír, vuelvo a ver la
claridad de la vida, vuelvo a sentir mi corazón acelerado. He recuperado
aquellos sentimientos de amor que ya daba por perdidos; la soledad era en ese
momento mi única compañía.
Llegaste a mi vida sin pensarlo,
cuando ya casi estaba perdido, sin dirección y con mi alma vacía. Llegaste
cuando más te necesitaba.
No quería aceptar que necesitaba
un alma gemela que acompañara el rumbo de mi camino. Tu mano, tu sonrisa y tu
paciencia hicieron que mi mundo se convirtiera en lo más maravilloso que he
podido sentir.
Te amo... siempre. Estamos juntos
construyendo nuestra historia. Eres mi guía, eres la luz que necesito, eres el
aliento de mi alma, eres el calor de mi cuerpo, eres el tiempo que marca los
segundos de cada instante en el que crece mi amor por ti. Eres todo lo que
quiero, eres todo lo que necesito.
Hoy seguimos avanzando, dando un
paso más, magnificando nuestro amor, escribiendo en nuestro libro la historia
de amor más bonita que hemos podido sentir.
“En la estación del Tren”
Llegué a la estación de tren y, de repente, una sensación
extraña me invadió. Como una advertencia silenciosa, la piel se me erizó. Al
levantar la mirada, noté que alguien me estaba observando.
—¿En serio? ¿Me está mirando a mí? —pensé, sintiendo el
calor subir por mi cuello—. No, seguro está mirando a alguien que está detrás.
Giré la cabeza discretamente. Solo había una señora meciendo
a su bebé en brazos. No, definitivamente no era a ella a quien miraba.
Mi corazón empezó a latir con un ritmo irregular. Intenté
convencerme: —Estoy bien. Esto no puede ser cierto—. Respiré hondo y levanté la
vista, lentamente, con la esperanza de que ya estuviera mirando a otro lado.
Pero no. Ahí estaba. Me seguía mirando. Y de pronto, sus
labios se curvaron en una sonrisa. Diablos. Mis músculos faciales se tensaron.
Intenté devolverle la sonrisa, pero no pude. Me quedé paralizado, solo atiné a
sostenerle la mirada. Y justo en ese instante, ella me sonrió de nuevo. No fue
una sonrisa casual, sino una genuina, que le iluminó el rostro.
Era tan hermosa que me costó asimilarlo. Sus ojos, de un
color avellana que brillaban con picardía, contrastaban con sus labios, de un
rojo intenso y natural. Su cabello, de rizos castaños, enmarcaba un rostro
perfecto. —Qué hago? —me pregunté, sintiendo que los nervios me jugaban una
mala pasada. Nunca nadie me había mirado así.
—Ok, ok, la miraré de nuevo, esta vez intentaré sonreír.
Mi mente me ordenaba actuar con normalidad, pero mi cuerpo
no respondía. Mientras la observaba, noté que ella volvió a sonreír y, con un
gesto coqueto, se llevó un mechón de su cabello rizado detrás de la oreja. Y
luego, para mi sorpresa, empezó a caminar hacia mí. ¿Lo está haciendo de
verdad?
Un sudor frío empezó a correr por la palma de mis manos.
¿Qué le digo cuando esté cerca? Mi mente era un caos, un torbellino de
preguntas sin respuesta.
—Solo mírala y espera —me dije.
Se acercaba cada vez más, y con cada paso, su presencia se
hacía más real. Finalmente, se detuvo frente a mí. Pude percibir el suave aroma
de su perfume, una mezcla delicada de vainilla y flores, y el fresco olor de su
cabello. Era simplemente asombrosa.
—Hola —dije, y mi voz salió temblorosa, casi como un
suspiro.
Ella sonrió de nuevo, una sonrisa que alcanzaba sus ojos.
—Hola —respondió con una voz dulce—. Perdona, esto puede sonar un poco raro,
pero no pude evitar mirarte desde que llegaste. Me pareces un chico muy guapo.
La sangre se me subió a la cara. Sentí el sonrojo en mis
mejillas y me apresuré a contestar. —Muchas gracias. Soy Sebastián, o solo
puedes decirme Sebas—. ¿Qué estupidez acabo de decir? Mi respuesta sonó tan
torpe que quise que la tierra me tragara.
—Tienes un nombre bonito, Sebastián —dijo ella, ignorando mi
evidente nerviosismo—. Mi nombre es Melina.
—Gracias, el tuyo también —respondí—. Y todo lo que te
acompaña. Le sonreí de vuelta, y esta vez sentí cómo la sonrisa se formaba de
manera natural. Ella se mordió el labio inferior con una dulzura que me dejó
embelesado.
Estaba tan concentrado en ella que apenas fui consciente del
rugido del tren que se aproximaba, rompiendo el silencio de la estación.
—¿Subirás? —preguntó Melina, señalando el tren que se
detenía frente a nosotros.
Mi mente entró en pánico. —No, la verdad es que estoy
esperando a mi hermano menor —¿Por qué diablos dije eso? Él puede tomar el
siguiente tren.
—Oh, bueno, entonces... tendré que irme —respondió Melina,
su voz con un toque de decepción.
—¡Espera! —grité, el desespero en mi voz era inconfundible—.
Mi hermano puede irse en otro tren.
Melina me miró, y la dulzura en su mirada me desarmó. —No te
preocupes. Sé responsable. Cumple con la obligación de hermano mayor que eres
—dijo, con una voz tan suave que era imposible contradecirla.
Las puertas del tren se abrieron con un chirrido,
invitándola a subir. Ella se dio la vuelta y sacó una tarjeta de su bolsillo.
—Este es mi número de celular —dijo, entregándomela—. Espero
saber de ti pronto. Adiós, Sebastián.
Subió al tren, y yo seguí paralizado, sosteniendo la tarjeta
en mi mano. Recorrí con la mirada el vagón que se alejaba, sintiendo cómo se
llevaba consigo el aroma de Melina. Salí de mi asombro cuando la voz de mi
hermano me sacó de mi ensueño.
—¡Ay caray, por poco y llego alcanzarlo, Sebas! Oye, ¿estás
bien? Te ves perdido —preguntó.
—Ah, ¿qué? Sí, estoy bien —dije, intentando reaccionar.
Miré la tarjeta en mi mano, saqué mi celular y, con el
corazón latiendo a mil, marqué el número. El teléfono empezó a sonar...
—¿Aló? —contestó una voz femenina al otro lado.
—Hola, Melina. Soy Sebastián —dije, respirando hondo y
dejando de lado todo el miedo—. Quería preguntarte si... quisieras tomar un
café conmigo.
Un breve silencio se extendió.
—¿Sí? ¿Me esperas en la siguiente estación? —pregunté, mi
voz temblorosa de la emoción—. ¡Ok! Allá nos vemos, Melina.
Mi hermano, que me miraba sin entender nada, preguntó:
—¿Todo bien, Sebas?
—Sí, hermanito, todo bien —le respondí con una sonrisa que
ya no podía ocultar.
Guardé el celular y tomé la mano de mi hermano. El siguiente
tren llegó, y al subir, una sonrisa tonta se dibujó en mi rostro. No solo iba a
la siguiente estación, sino que iba a encontrarme con alguien que, tal vez,
podría ser la chica de mis sueños.
"Al Final
del Camino, Tú"
Pienso en ti.
En tu sonrisa
resplandeciente,
en tu voz tan
peculiar y celestial.
En aquellos
ojos grandes que me atrapan,
y de los cuales
nunca quiero escapar.
En tus manos
pequeñas y frágiles
que inspiran la
necesidad de cuidarlas,
de tenerlas entrelazadas
con las mías.
Te extraño a
cada instante.
Hay momentos en
que quisiera,
que el reloj dejara
de avanzar
y así poder ir
donde estés.
Quedarme a tu
lado, abrazarte, besarte…
dejándonos
llevar por lo que sentimos,
por lo que deseamos.
Mi vida es un
laberinto,
hay situaciones
que me abruman.
Pero estando a
tu lado,
todas mis
penumbras desaparecen.
Al verte llegar,
mi corazón se agita
por tenerte
cerca,
por sentir tu
aliento, tu abrazo
y la calidez de
tu cuerpo.
Eres la pieza
que faltaba en mi vida,
el complemento
de mi corazón,
la razón por la
cual tengo esperanzas
y creo que el
amor siempre nos aguarda.
A veces es
tardío,
pero al final
del camino,
nos espera el
ser que tanto anhelamos,
que nos llena
de amor.
Al final del
camino apareciste TÚ,
cautivando mi alma
y abrigando de calor
toda mi existencia.
“Destino”
Cuando te conocí por primera vez, tenía tan solo 10 años.
Te vi en el colegio.
Después de ese día, estuve buscándote por todos los salones, pero no te volví a encontrar.
Así que, empecé a soñarte, esperando el día en que te volviera a ver.
Pasaron muchos
años para que nuestros destinos se unieran.
Un día me preguntaste:
—Si pudieras
volver en el tiempo, ¿a qué día irías y por qué?
Respondí sin titubear:
—Iría al día en
que te vi por primera vez. Porque ese día no tuve la oportunidad de decirte, que
me enamoré de ti, que te amé desde ese instante… y que 25 años después, te convertirías
en mi esposa.
Te amo. Mi Algodón de azúcar.
“Tu Voz, Mi Consuelo”
Lloré desconsolado recostado en su pecho, y pude ver cómo
mis lágrimas penetraron su corazón. Me quedé allí, sin decir nada, asombrado
cómo desaparecía la tristeza de mi ser.
Ella recogió mi rostro y de sus labios salieron las palabras
que necesitaba escuchar: "Tranquilo, todo va a estar bien".
No sabes cómo esa sencilla oración pudo cambiar mi día, no
sabes lo importante que es escucharte decirlo.
Nunca dejes de hacerlo.
“Mi Felicidad Eres Tú”
Tú me haces sentir lo mejor que la vida me da.
Y yo sé que contigo podré avanzar en el camino del bien.
Ya no hay más la tristeza del mal, pues tu paz abunda en mi ser.
Y sabré cómo es que debo de amar, ya que en ti vive el amor.
Hoy ya sé, ya que contigo aprendí la verdad y el significado de amar.
Soy feliz, y muchas veces más que ayer, y te lo debo a
ti por creer en mí.
“Acércate a mi”
Acercarte a mí,
y oirás mi corazón latir;
esta noche esta de azul,
y la luna en su mejor Faro,
incita a soñar, invita a amar.
Si un beso yo te doy,
pecado no ha de ser;
culpable es la noche
que incita al amor,
¡me tienta, acércate ya!
Mezcla de ternura y de tormento
es este amor que mi alma siente;
como a nadie, a ti te amaré.
Pues el beso de tu boca
mis labios quemo.
Y al sentir tan feliz embeleso
Con un beso un amor nació.
Acércate a mi…
Canción
“Acércate a mi”
Acercarte a mí, y oirás mi corazón latir, esta noche esta de
azul y la luna en su mejor Faro, que incita a soñar que
invita a amar.
Si un beso yo te doy, pecado no ha de ser, culpable es la
noche que incita amar, me tienta el amor, acércate ya.
Mezcla de ternura y de tormento es este amor, que mi alma
siente
Como a nadie a ti te amare.
Pues el beso de tu boca a mis labios quemo, y al sentir tan
feliz embeleso
Con un beso un amor nació.
Acércate a mi…
"Si me queda un poco de vida"
Amaneciendo el día, las rosas dan su olor,
quiero estar vida en vida, despertando con tu amor.
Si las aves ya no te cantan, te cantará mi corazón.
Te agradezco todo el tiempo y la forma de tu amor.
Si me queda un poco de vida, quiero acabarlo a tu lado,
para que el recuerdo no caiga en el abismo del pasado.
Si me queda un poco de vida, voy a entregarlo todo a ti,
porque eres lo único en mi vida, lo que perdura siempre en
mí.
Gotas de Olvido
Mi corazón desgarrado y desangrado, desvanece su latido,
apenas lo escucho, mi respiración cortante me lo impide.
Una fría noche de lluvia golpea mi sien, las gotas se hacen
más pesadas, es que mi cuerpo es un desparpajo de dolor.
Apenas puedo levantar la botella de alcohol y trago el
último sorbo, junto con esas gotas cristalinas, que espero me ayuden a
olvidarte.
He intentado de mil formas sacarte de mis pensamientos, Así
que este es mi último intento, mi último aliento.
Ya no escucho mis latidos, ya no siento las gotas de la
lluvia, apenas distingo la botella de alcohol.
Es el fin, ahora sí, podré dejar de amarte.
Las paredes dejaron de temblar. Frente a nosotros se
extienden los escombros esparcidos por el terremoto. Estamos refugiados debajo
de una viga enorme que nos protegió de los golpes. Estoy abrazando a mi esposa
e hijo, protegiéndolos de los objetos que volaban y nos atacaban como estrellas
fugaces.
Carlos no dejaba de mirar a través de la ventana. Aún tenía
la esperanza de conseguir el dinero suficiente para comprar aquellas zapatillas
que tanto le gustaban. Aunque el trabajo de cargar sacos de papas no le rendía
lo suficiente, estaba decidido a esforzarse más para conseguir lo que tanto
deseaba.
Dentro de la tienda, Carlos miraba con nostalgia a los niños
que sonreían felices al lado de sus padres. Ellos lo recibían todo; sus papás
les compraban lo que querían. Carlos no tenía a sus padres; los perdió en un
accidente a los seis años y, desde entonces, vivía con su tío Efraín. Él era un
hombre bueno, algo renegón, pero quería mucho a Carlos. Trabajaba como
verdulero, pero el negocio no iba bien, y por eso Carlos tenía que trabajar
para ayudar a su tío con la comida. Deseoso de tener esas zapatillas, empezó a
ahorrar cada céntimo que ganaba de los sacos extra que cargaba en el mercado.
Por las noches le era difícil dormir. Las pesadillas le
hacían recordar la tarde en que sus padres murieron, cuando un camión se cruzó
y embistió el carro donde ellos viajaban. Todo pasó tan rápido... Carlos apenas
pudo salir del vehículo casi destrozado. La imagen de sus padres sin vida lo
despertaba bruscamente de esa pesadilla.
Pasaron aproximadamente dos meses y Carlos ya había juntado
el dinero para comprar las zapatillas: 175 soles con 30 céntimos. Repetía la
cifra una y otra vez para no olvidarla. Estaba feliz. De camino a casa, vio
salir de ella a un señor vestido de blanco con un maletín negro en la mano; por
la expresión de su rostro, Carlos sintió que algo malo estaba pasando.
—¡Señor, señor! ¿Qué sucede?
—Ah, hola, Carlos. Escúchame, tengo que hablar contigo – se agacho
a la altura de Carlos y con voz pausada dijo - Tu tío Efraín está muy enfermo.
—¿Enfermo, dice? Pero si él solo tiene tos y está tomando
unas pastillas para que se le pase.
—Carlos, tu tío ha estado ocultando su enfermedad y ahora se
le ha complicado. Él necesita unos medicamentos para mejorar; de lo contrario,
no va a resistir más. ¿Me entiendes, ¿verdad? Le he dicho que los compre, pero
al entregarle la receta no ha querido aceptarla.
—Señor, ¿cuánto cuestan esas medicinas?
—Están caras, por lo menos serán 170 soles. Pero si toma esa
medicina, va a estar mejor. Convéncele de que las compre.
170 soles. Carlos se quedó pensando. Miró hacia atrás y, a
lo lejos, vio la tienda donde estaban las zapatillas que tanto deseaba. Regresó
la mirada a la puerta de su casa y las imágenes del accidente de sus padres le
vinieron a la mente. Sollozó, y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Señor, lo único que tengo en este mundo es a mi tío. Él es
mi única familia y no quiero perderlo. Por favor, acompáñeme a buscar las
medicinas. Yo las voy a comprar.
—Tienes un buen corazón, hijo. Vamos, te acompaño.
Carlos regresó a su casa con los medicamentos y encontró a
su tío echado en la cama, sudoroso y tosiendo fuertemente.
—Hola, tío. He traído tus medicinas.
—Carlos, acércate. Hijo, ¿por qué has gastado tu dinero en
mí? No vale la pena.
—¿Por qué dices eso, tío? Tú eres la única familia que tengo
y no quiero perderte.
—¿Sabes? Cuando tus padres se fueron, empecé a verte como el
hijo que nunca tuve. Decidí convertirte en un hombre de bien, darte todo lo que
necesitaras, pero el dinero no me alcanza. Hijo, lo siento de verdad. El dinero
que has utilizado son tus ahorros, los que con tu esfuerzo has conseguido. No
es justo que hagas esto por mí.
—Tío, sé que también harías lo mismo por mí. Por favor, no
importa. Eres lo más importante ahora, el resto puede esperar. Ya no estés
triste, vas a estar bien.
—Carlos, sin duda tienes un gran corazón. Vas a ser un gran
hombre en la vida. Gracias, hijo.
—Tómate tus medicinas y descansa, tío.
Carlos acarició el cabello de su tío, secó el sudor de su
rostro, acomodó la almohada y, echándose a su lado, se quedó dormido.
Al día siguiente despertó apresurado. Efraín no estaba en la
cama. Lo buscó por toda la casa, pero no había señales de él. Preocupado, se
sentó en la mesa. Frente a él había un paquete envuelto en papel de periódico
con una tarjeta que llevaba su nombre. A la espalda, un mensaje decía: “Para mi
querido sobrino, que dejó de lado lo que quería para regalarme la oportunidad
de seguir viviendo. Este presente lo conseguí ahorrando para ti. No quería
comprarme las medicinas porque lo único que quería era tu felicidad”.
Carlos desenvolvió el papel y dentro estaban las zapatillas
que él deseaba. Sonrió, sus ojos brillaron de emoción y empezó a llorar, aún
sin salir de su asombro. En ese instante, escuchó el sonido de la puerta que se
abría: era su tío Efraín, entrando a la casa con el desayuno en la mano.
Carlos, al verlo, se lanzó hacia él, abrazándolo fuertemente y mojando su
camisa con su cara empapada en llanto.
—¡Gracias, tío, te quiero mucho!
—No, Carlitos. Gracias a ti, por tener un gran corazón.
Inquietante Espera
La sala de espera está silenciosa, fría, con paredes tan transparentes que se ve a la gente pasar. Pero ellos no te ven. La recepcionista tiene la mirada plantada en la pantalla de su monitor, y ni siquiera se inmuta cuando se escucha el grito de una mujer, seguido inmediatamente por el estruendo de un motor.
Me levanto de un salto y le pregunto:
—¿Qué sucede?
Ella, sin apartar la vista de la pantalla, responde con frialdad:
—Es parte del procedimiento.
El grito resuena nuevamente, esta vez más escandaloso. Ahora puedo distinguir el sonido del motor: es un taladro. Me acerco al mostrador, completamente asustado, desesperado, y le grito:
—¡Déjenme ver a mi esposa!
"Vuelve conmigo" (Historia y Canción)
(La Historia)
Rodrigo y Clara eran una joven pareja de esposos, unidos por un amor constante que el tiempo solo había fortalecido. Con sus metas logradas, vivían una felicidad plena y tranquila.
La tragedia, sin embargo, llegó a sus vidas cuando a Clara le diagnosticaron cáncer de mama. Rodrigo nunca se apartó de su lado; pasaron juntos por todo el doloroso proceso de la quimioterapia, enfrentando cada día como uno solo. Después de un largo tiempo de lucha, el cáncer entró en remisión. La alegría regresó a su hogar y retomaron todos los planes que habían dejado pendientes. Pero esa felicidad duró muy poco.
Unos meses después, en uno de sus chequeos habituales, recibieron la terrible noticia: el cáncer había regresado de forma agresiva. Mientras Rodrigo estaba en el trabajo, recibió la llamada de Clara.
—Voy para allá —dijo Rodrigo sin dudar. —No, Rodrigo —respondió ella con calma—. Me van a internar, pero estaré bien. Ven más tarde, después del trabajo.
Rodrigo aceptó, confiando en sus palabras. Sin embargo, mientras la trasladaban a su habitación en la clínica, Clara sufrió un infarto fulminante. Cuando los médicos intervinieron, ya era demasiado tarde.
La noticia golpeó a Rodrigo como un rayo. No lo podía creer, no lo aceptaba. Fue tan impactante saber que su esposa había muerto que, de la conmoción, se desmayó. No despertó hasta varios meses después. Estuvo ausente en el velorio y en el entierro; no pudo despedirse de ella.
Cuando por fin despertó en el hospital, lo primero que dijo fue: —Tengo que ver a Clara. Está en el hospital... me han dicho que se fue. ¡Que se fue!
Gritó, se desesperó, lloró. Quería levantarse de la cama, pero los médicos lo tranquilizaron hasta que volvió a dormir. Al día siguiente, los mismos gritos resonaron desde su habitación. El día después, la misma escena. Y así, cada día. Era un bucle emocional sin fin.
Rodrigo fue diagnosticado con una condición disociativa severa, un "Síndrome del Bucle Emocional": su mente, para protegerse del trauma, se reiniciaba cada día, haciéndole revivir los mismos últimos minutos de la noticia de la muerte de Clara.
La ayuda psicológica resultaba en vano. Aunque Rodrigo podía asimilar y procesar la muerte de su esposa durante la terapia, olvidaba toda la sesión al día siguiente. Cada mañana, al despertar, su esposa moría de nuevo. Para Rodrigo, Clara muere todos los días.
En una de sus sesiones, con la mirada perdida, describió su tormento:
«Cuando despierto, lo primero que quiero hacer es abrazar a Clara, pero en la habitación solo veo su foto. Siento esta necesidad de ir a buscarla, solo que... no sé a dónde. Luego, mi corazón siente que se rompe, como si algo se clavara en él, y me duele. Duele mucho. Es entonces cuando llega a mis pensamientos la noticia de que ella ha muerto. La necesito. No puedo mantenerme vivo sin ella. Solo quiero que regrese, quiero que vuelva conmigo».
(La Canción: "Vuelve conmigo")
(Estrofa 1)
Hoy desperté,
y lo primero que quería hacer,
era abrazarte, mi amor.
Te busqué,
y lo único que encontré,
fue tu imagen, mi amor.
(Estrofa 2)
Salí a alcanzarte,
pero te alejaste tan deprisa,
no pude besarte.
(Coro)
Y me di cuenta de que te había perdido,
me dejaste solo con mi corazón herido.
Te necesito para mantenerme vivo,
no me destruyas, por favor... vuelve conmigo.
(Outro)
Vuelve conmigo...
Vuelve conmigo...
Vuelve conmigo...
—Abuelo, ¿cómo conociste a la Abuela?
—Ven pequeña, siéntate aquí. Lo recuerdo como si fuera ayer, aunque ya han pasado 40 años…
Estaba esperando el cambio de color del semáforo en la Av. Principal. Demoraba más de lo normal. Al frente mío, un mar de gente… y en medio de todos ellos, apareció ELLA.
Tan resplandeciente, tan hermosa, con un brillo espectacular que quedé paralizado. No dejaba de mirarla. De repente, el resto de las personas habían desaparecido. La luz del semáforo cambió de rojo a verde y tu ABUELA avanzó. YO, quieto, sin moverme en absoluto.
A cada paso que ella daba, del suelo nacían rosas y el movimiento de sus brazos detrás de ella parecían las alas de un ángel. Su abundante cabello ondeaba de lado a lado al compás del viento. Vestía de azul y de encajes perfectos que resaltaban la silueta de su cuerpo y, alrededor de su cuello, llevaba una bufanda de color rojo.
El tiempo se ralentizó y yo seguía sin moverme. Todo a su contorno era hermoso. Sonreía, con labios rojos y dientes del color de la luna, ¡y qué decir de su piel de color terciopelo! Se acercaba más, junto con el aroma de jazmines que emanaba de ella, un perfume exquisito. Cerré los ojos e inhalé profundamente su aroma, quedando más inmóvil aún. Al abrir los ojos, tu abuela pasó por mi lado rozando mi brazo. El toque de su piel activó el movimiento de mi cuerpo, haciéndome sentir que estaba en el cielo.
Luego, escuché dos palabras: “PERMISO, POR FAVOR”. Era un tipo enorme que quería cruzar la pista. Rompió la magia en ese instante, pero bueno, di la vuelta rápidamente para volver a verla. Ella estaba alejándose. Mi cuerpo empezó a sentirse acalorado, era porque el sol empezó a radiar más fuerte, y eso hizo que ella se quitara la bufanda. Al querer guardarla en su bolso, se le cayó y no se dio cuenta.
Corrí tras ella… y por la bufanda, claro. Ya casi por llegar, otro tipo enorme también la vio, la recogió y gritó: “¡SEÑORITA, SEÑORITA!”. Pero tu abuela no escuchó. Mejor para mí. Llegué a él y le dije: “Hey amigo, ella es mi esposa, yo le entrego la bufanda”. Ja ja ja ja ja, ¿ves? Antes de hablar con ella ya era mi esposa, he he he he. Al tener la bufanda en mis manos podía sentir de nuevo el aroma a jazmín, que volvió a dejarme inmóvil, pero reaccioné de nuevo. Ella se alejaba, así que corrí y la alcancé.
Tomé su mano y le dije: “Señorita, su bufanda”. Fue un momento que jamás olvidaré. Tu abuela cuenta que al sentir mis manos, abrió más sus ojos —tú sabes que tu abuela tiene los ojos grandes y hermosos—, una mezcla de misterio y susto; un susto que la impulsó a intentar darme una cachetada con la otra mano, pero… al momento de voltear y mirarme, no logró hacerlo. Dice que fue algo que vio en mí que le inspiró confianza. No sé, cree ella que fue mi barba sexi, o el color de mis ojos. Yo pienso que fue porque quedé arrodillado sosteniendo su mano, era como una imagen de pedida de matrimonio. Pero que me salvé de la cachetada, eso sí fue un hecho.
Estaba allí, frente a ella. “Disculpe señorita, se le cayó la bufanda. He corrido más de 10 cuadras para alcanzarla” —siempre yo exagerando, en realidad fueron como unos 20 pasos—. Ella sonrió, recibió la bufanda y dijo: “GRACIAS”. Siguió su camino. La vi alejarse, pero fui detrás de ella. “Señorita, disculpe, es que no quería dejar pasar este momento, ¿será que puedo invitarla a comer un helado de camino?”.
Y tu Abuela dijo: “ESTÁ BIEN”.
Y así, mi niña linda, fue como conocí a tu Abuela. Desde ese día inició una historia de amor que perdura tantos años, y el fruto de ese amor fue tu padre, Evan, quien a su vez nos dio el regalo más grande: a ti, mi pequeña nieta.
Mike.