“La Piedra Triangular”
Bruneto era un joven campesino que vivía en la provincia
de Pumachaca, en el departamento de Áncash. Su quehacer diario era pastorear
ovejas. Todas las mañanas desayunaba avena con papas sancochadas, preparaba su
fiambre para el almuerzo y, en compañía de su fiel amigo Nilton, un perro
labrador Shepherd de ojos pardos y pelaje marrón claro, emprendían el viaje de
todos los días para mantener a sus ovejas bien alimentadas.
—Mira el cielo, Nilton, su color azul intenso —dijo
Bruneto, acariciando la cabeza de su amigo—. Es como ese día, ¿te acuerdas?
—Nilton movía su cola en respuesta—. Hace dos años te rescaté de esa cueva
oscura. Estabas muy asustado. No entiendo cómo es que alguien puede tener el
corazón de piedra para dejarte en ese lugar. Desde ese día nunca nos hemos
separado. ¡Eres mi mejor amigo!
—¡Guau! —respondió Nilton.
—Vamos por nuestras ovejas.
Durante el camino, en medio del cerro verdoso y robusto,
Bruneto encontró una piedra triangular con la figura de un ojo tallada en ella.
La levantó. Le causó mucha impresión, ya que era poco común ver una piedra de
ese tipo. Al tenerla en sus manos, el ojo empezó a brillar con una luz verde
intermitente.
Nilton comenzó a ladrar. Olfateó el peligro y,
sintiéndose incómodo, se movía por todos lados trazando un círculo alrededor de
su amo. Movía la cabeza de arriba abajo sin dejar de ladrar. Las ovejas
corrieron sin rumbo, despavoridas. Bruneto, asombrado por aquella piedra y sin
dejar de mirarla, le pidió a Nilton que no hiciera ruido; necesitaba
concentrarse mientras seguía admirando la piedra y aquella luz extraña que iba
en aumento.
Nilton gimió y luego guardó silencio en seco, pero... no
porque Bruneto se lo hubiera pedido, sino porque sintió una presencia entre
ellos. El silencio lo abrumó. De pronto, una ráfaga de viento los empujó hacia
las piedras del camino. Justo cuando estaban a punto de caer al precipicio,
fueron elevados al pico más alto de las montañas. Con mucho cuidado, el viento
los dejó en la cima. Asustado, Bruneto abrazó con fuerza a Nilton y soltó la
piedra de sus manos. Los ladridos de Nilton anunciaban la presencia de alguien
más, mientras Bruneto miraba por todos lados, preguntándose si había alguien
más con ellos.
—¡TERRÍCOLA! —se escuchó una voz predominante y oscura.
Un aire nauseabundo pasó por la nuca de Bruneto. La voz
venía de detrás de ellos.
—Hola, terrícola. Parece que encontraste algo que me
pertenece. Lo podemos sentir... está acá, muy cerca —Bruneto quedó helado de
miedo—. No te preocupes, no te voy a lastimar —siguió hablando en tono
sarcástico—. ¡A menos que... hayas absorbido los poderes de la piedra! Y si es
así, lamentablemente voy a tener que quitártelos desde tu interior…
Bruneto miró a los costados aterrorizado y, en segundos,
fue sujetado por dos brazos extraños; solo podía notar que tenían escamas como
los peces y eran fríos y gruesos. Nilton empezó a ladrar intentando proteger a
su amo, pero su cuerpo se vio elevado misteriosamente al movimiento del brazo
de aquel ser que amenazaba a Bruneto, y se formó alrededor de Nilton una
extraña aura de color verde. La voz gruesa le pidió a Bruneto que volteara a
verlo. Él se quedó quieto, pero los brazos que lo sujetaban hicieron girar su
cuerpo.
Bruneto solo pudo distinguir una mano con dedos
puntiagudos que se acercaba rápidamente, envuelta en una luz resplandeciente de
color verde que finalmente cegó su vista. A lo lejos, apenas escuchaba los
ladridos de su fiel amigo. De pronto, un destello verde imponente iluminó el
lugar y todo quedó en silencio.
Después de unos minutos, una neblina verde se disipaba en
el pico de la montaña. Bruneto, con dificultad y tosiendo, pudo abrir los ojos,
pero veía borroso. No podía levantarse. Se sobó los párpados para distinguir
bien las figuras que veía. Frente a él, tirado en el piso, sin vida, estaba un
raro ser de color gris con los ojos de color negro totalmente abiertos, sin
nariz, sus labios abiertos de extremo a extremo que llegaban hasta sus orejas
puntiagudas y el cabello largo y canoso. Vestía una túnica amarilla de bordes
plateados en las mangas y el cuello; parecía la vestimenta de un religioso.
Tenía un brazo estirado, rígido, con la mano abierta y los dedos puntiagudos.
Detrás estaba el otro ser, el de los brazos gruesos con escamas y con la misma
vestimenta que el primero.
No entendía qué pasaba ni qué o quién había evitado que
la amenaza de ese ser se cumpliera, aunque él no sentía nada especial ni ningún
cambio en su cuerpo que supuestamente la piedra le hubiera otorgado. Aún
desorientado, miraba hacia los lados, buscando a su amigo. Y entre la neblina,
apareció Nilton con un salto magistral, aterrizando firmemente en el piso. La
fuerza de sus patas deslizó la arena, provocando una capa de polvo sobre
Bruneto. Con un ladrido, se echó a sus brazos.
—Amigo mío —lo abrazó—. Uy, qué locura, qué miedo. No sé
qué ha pasado aquí, pero sea lo que sea, estoy muy agradecido de que estés bien
y de estar vivo. Mejor vámonos de este lugar antes de que alguien más aparezca.
Vayamos a buscar a nuestras ovejas.
Al dar unos pasos, Nilton vio la piedra triangular tirada
en el suelo. Se acercó a olfatearla y la piedra de nuevo empezó a brillar, pero
esta vez de forma atenuada; retrocedió unos pasos y esperó a que Bruneto se
alejara un poco más. En ese momento, la punta de su pelaje, por un instante, se
tornó de color verde. De pronto, sus ojos pardos cambiaron al mismo color, pero
resplandecientes, y lanzaron un rayo que pulverizó la piedra. Al mismo tiempo,
los cuerpos de los seres extraños también se pulverizaron y sus partículas se
mezclaron con la niebla. Nilton, el amigo y compañero inseparable, el perro
labrador Shepherd, había absorbido los poderes de la Piedra Triangular.
—Vamos, compañero, no te quedes —llamó Bruneto sin mirar
atrás.
Nilton olfateó el lugar. La piedra no solo le había
otorgado el poder de los rayos, sino que también había despertado en él un
nuevo nivel de conciencia. «Es seguro», pensó. Dio un ladrido enérgico y corrió
a alcanzar a su amigo.
En algún lugar del universo...
—Emperador, perdimos contacto con los dos Jefes Supremos
desde el planeta azul.
—Vuelve a intentarlo.
—Sí, Emperador. Planeta Mozart al Jefe Supremo... ¿me
recibe? Planeta Mozart al Jefe Supremo... adelante, Supremo.
Silencio.
—Negativo, Emperador, no responden.
—Ya veo... Preparen mi nave y que la flota élite se
aliste para acompañarme.
—Con todo respeto, Emperador... ellos... no merecen su
presencia. Son solo un campesino y su perro.
—No es solo eso —susurró—. No lo repetiré. Preparen todo.
—Sí, mi señor.
Un profundo suspiro silencioso resuena en la inmensidad.
«Puedo sentir tu poder... Nos volveremos a ver, mi
querido amigo».
Mientras tanto, en los Andes, Nilton observa el cielo
gris de la noche, concentrado en las estrellas, sentado en posición de alerta.
—¡Ey, amigo, vamos ya! Entra a la casa, que es hora de
dormir.
Nilton voltea y asiente, pero se detiene un instante para
volver su mirada a las estrellas. En ese segundo, desde sus ojos, una atenuada
luz verde ilumina el ambiente.
FIN